Opinión

«A los lectores: Pueden acceder al video de cada canción o artista mencionados en los artículos para verlos en YouTube»

[Música Maestro] Llegar a esa edad es un logro que merece celebrarse. O conmemorarse, en el caso de aquellas personas que hubieran llegado este año al octavo piso. Hoy vamos a recordar a tres creadores e intérpretes cuyos nombres son sinónimo de toda una época o un estilo. Artistas que tuvieron el mundo a sus pies sin necesidad de intensas campañas de marketing. Que, en tiempos sin redes sociales, llenaron estadios, cautivaron a millones de telespectadores y generaron enormes cantidades de dinero sin exhibicionismos baratos ni mensajes grotescos.

Dos de ellos ya fallecieron, una hace siete días y el otro, hace tres décadas y media. El tercero celebra su cumpleaños esta semana, desde un merecido y plácido retiro. Los tres tienen algo en común. Este 2026 se cumplen ochenta años del inicio de sus fructíferas vidas, las cuales pusieron al servicio de la inspiración, el talento y la tenacidad, sin estar libres de altibajos por cierto, para hacer de este mundo un lugar mejor con sus canciones.

Dolly Parton, considerada con absoluta justicia “La Reina del Country” -su versión de 1970 de Mule skinner blues (Blue Yodel No. 8), clásico de Jimmie Rodgers de los años treinta, es más que suficiente para entender el título-, entrañable personaje de la televisión, el cine y la música norteamericana, nos dejó el pasado 25 de agosto. En cuatro días, recordaremos el nacimiento del cantante y líder de Queen, Freddie Mercury, para muchos el mejor vocalista de rock de la historia. Y Barry Gibb, integrante de los Bee Gees y uno de los productores más exitosos de todos los tiempos, está de onomástico hoy, 1 de septiembre.

Esa misma edad hubieran cumplido otras grandes estrellas de la música, ya fallecidas. Pertenecen a nuestro «Club de los 80», entre otros, Héctor Lavoe (1993, 46) y Camilo Sesto (2019, 72). Duane Allman, guitarrista de The Allman Brothers Band, quien murió trágicamente en 1971 a los 24. El primer cantante de Ac/Dc, Bon Scott (1980, 33) y el argentino Miguel Ángel “Abuelo” Peralta (1988, 42), recordado líder de Los Abuelos de la Nada. También habrían cumplido ochenta el guitarrista Allan Holdsworth, el icono del afrobeat nigeriano William Onyeabor (ambos fallecidos a los 70, el 2017) y el baterista de The Who, Keith Moon, quien nos dejó en 1978, a los 32.

Entre enero y agosto de este año, llegaron John Paul Jones (Led Zeppelin), Robbie Krieger (The Doors), David Gilmour (Pink Floyd), la cantante y actriz Cher, Robert Fripp y Tony Levin (King Crimson), la brasileña Maria Bethania, entre otros. Y llegarán, en los próximos meses: Carlos López Puccio (Les Luthiers), Daryl Hall, Richard Carpenter (The Carpenters), el guitarrista Martin Barre (Jethro Tull), el trovador cubano Silvio Rodríguez, el español José Carreras, estrella de la ópera, el pianista y compositor sueco Benny Andersson (Abba) y la rockera norteamericana Patti Smith.

Dolly Parton: Un clásico norteamericano

Hay lugares, momentos y personajes que definen la idiosincrasia de un país. De un listado que podría ser interminable, en el caso de Estados Unidos destaca un puñado de nombres que son sinónimo de sus aportes a la cultura popular mundial: Disneylandia, los Muppets, los Oscar, la Estatua de la Libertad, Michael Jackson. Dolly Parton tiene un lugar especial en esa lista, como la mujer más representativa del country, estilo musical que se conecta con el origen de ese país, cuya imagen está tan venida a menos actualmente, desprestigiada por sus gobernantes.

“Mi padre fue Republicano y mi madre, Demócrata. Eso me convierte en una Hipócrita” contestó alguna vez, acerca de su filiación política. Con ese juego de palabras, Parton se apartó de la clásica discusión bipartidista. Sin embargo, muchas de sus canciones –The bargain store (álbum del mismo nombre, 1975), Coat of many colors (ídem, 1972), A gamble either way (Burlap & satin, 1983), The bridge (Just because I’m a woman, 1968), Down from Dover (The fairest of them all, 1970), por mencionar solo algunas, rompen esa aparente y sana neutralidad, con temas que hoy serían calificados torpemente de “progres”.

Detrás de esa voz dulce y la apariencia cliché de «hija del granjero» había una inteligente mujer, aguerrida y emprendedora. Dolly Parton, quien recibió en el 2006 el galardón del Kennedy Center Honors, celebró ese año el cuarenta aniversario de Dollywood, parque de diversiones que abrió en 1986. La cantante fue una decidida activista por los derechos de los trabajadores, la comunidad LGTBQ, la lucha contra el acoso sexual y, especialmente, por la mejora educativa. Siempre recordó que su padre fue analfabeto y, por ello, apoyó económicamente a muchos estudiantes de bajos recursos. En 1995 fundó la Biblioteca de la Imaginación, donando miles de libros a niños desde los cinco años. Y financió más de 15,000 becas para egresados de la secundaria.

Las canciones de Dolly Parton

Quizás muy pocos lo tengan presente, pero Dolly Parton tiene una discografía que supera los sesenta títulos, entre álbumes solistas, colaboraciones y recopilaciones. Además, escribió más de 3,000 canciones, con éxitos como Jolene (de su décimo tercer LP del mismo nombre, de 1974), en que pide a una mujer atractiva no llevarse a su esposo; o 9 to 5 (LP 9 to 5 and odd Jobs, 1980), tema central de la película epónima en la que participó junto a Jane Fonda y Lily Tomlin, una comedia que abordaba el trabajo femenino y el acoso laboral.

Otra cosa que casi nadie sabía antes de las publicaciones sobre su fallecimiento a los 80 -cumplidos en enero pasado-, es que ella compuso I will always love you, la conocidísima y repetidísima balada -en radios, en recuentos de singles noventeros exitosos, en karaokes- que Whitney Houston popularizó como banda sonora de la película The Bodyguard (1992).

Parton grabó la versión original para su álbum Jolene (1974) y fue un éxito inmediato. Pero no era una canción de amor propiamente dicha. Dolly la escribió para despedirse de su amigo, socio y mentor, el cantautor Porter Wagoner (1927-2007), cuando decidió lanzarse como solista tras casi una década de trabajar juntos. La rubia contó que Elvis Presley le ofreció grabarla con una extraña condición, que le cediera un porcentaje de sus regalías. No aceptó.

Entre 1976 y 1977 condujo en la televisión de Nashville un muy sintonizado espacio semanal, Dolly, repitiendo la experiencia en 1987-1988. En ambas temporadas, la cantautora y guitarrista tuvo como invitados a las más importantes figuras del country, con episodios de antología como este, junto a sus colegas Emmylou Harris y Linda Ronstadt, con quienes también interpretó el estándar country de 1927, Bury me under the weeping willow. Con ellas grabó dos excelentes discos, Trio (1987) y Trio II (1999). En 1983, junto a Kenny Rogers, llegó a los primeros lugares con Islands in the stream, tema escrito y producido por los Bee Gees.

Otros álbumes notables de Dolly Parton fueron My Tennessee mountain home (dedicada a su tierra natal, 1973), el álbum de covers Treasures (1996) y la trilogía de bluegrass The grass is blue (1999), Little sparrow (2001) y Halos & horns (2002), que incluye un cover de Stairway to heaven, clásico de Led Zeppelin. Su última producción en estudio, Rockstar (2023), es un álbum doble con duetos junto a Joan Jett, Richie Sambora, Aerosmith, Heart, Peter Frampton, Paul McCartney y muchos otros. Un año antes ingresó al Rock And Roll Hall Of Fame, donde cantó Jolene acompañada de Annie Lennox, Pat Benatar, Simon LeBon (Duran Duran) y hasta Rob Halford, vocalista de los metalerazos Judas Priest.

Freddie Mercury: El mejor de todos

Bohemian rhapsody es el único éxito de los años setenta que aparece entre las 100 canciones más reproducidas en Spotify, en el puesto #45. Y fue compuesta por él, para el cuarto álbum de Queen, A night at the opera (1975). Durante el concierto benéfico Live Aid, el 13 de julio de 1985, Mercury condujo a una impresionante multitud, convirtiendo al estadio de Wembley en Londres en un templo del rock. La actuación, considerada “el mejor concierto de la historia”, fue el punto climático de la aclamada película del 2018 sobre su desprejuiciada vida.

Freddie Mercury, quien cumpliría 80 años este miércoles 5 de septiembre, es una de las personalidades más importantes del rock clásico, poseedor de una voz espectacular y un magnetismo único. Entre 1970 y 1990, grabó quince álbumes con Queen y recorrió el mundo ofreciendo electrizantes conciertos. Sobre los escenarios, el cantante, compositor y pianista nacido en Zanzíbar (hoy Tanzania) y criado en la India, era imbatible. Canciones como Somebody to love (A day at the races, 1976), We are the champions (News of the world, 1977) o Don’t stop me now (Jazz, 1978) representan la innovación y grandilocuencia de su música.

En estos tiempos de “artistas” improvisados, es importante rescatar su legado, que combinó la rebeldía rockera con un rigor musical académico que exigía disciplina y estudio. Compuso más de cincuenta canciones para Queen, aun cuando las radios solo programen dos o tres. Sus actuaciones han quedado registradas para la posteridad y lucen tan frescas y emocionantes como siempre, aquí una muestra. Sea en contextos 100% rockeros o acompañando a la soprano española Monserrat Caballé, su gran amiga y admiradora, lo de Mercury era una explosión de energía que ni el devastador SIDA logró detener. La terrible enfermedad se lo llevó en 1991, a los 45 años. Pero se lo llevó cantando.

Una celebración por todo lo alto

En cada uno de los conciertos que formaron parte de The Magic Tour, entre junio y agosto de 1986, Freddie Mercury culminaba su apoteósica interpretación de We are the champions despidiéndose del público con cetro, esplendorosa capa roja y alta corona de reina, que levantaba con el brazo derecho hasta lo más alto, mientras John Deacon (bajo, 75), Roger Taylor (batería, 77) y Brian May (guitarra, 79) hacían retumbar cada escenario con una escandalosa fanfarria. Durante su monárquico desfile, los inmensos parlantes reproducían God save the Queen, el himno británico, en la versión guitarrera de May. Esa sería su última gira.

Para los fanáticos de Queen, canciones como Killer queen (Sheer heart attack, 1974), Crazy little thing called love (The game, 1980) o las mencionadas Don’t stop me now, We are the champions, Somebody to love o Bohemian rhapsody, de intensa rotación en las radios, nunca aburren por su calidad musical, capacidad para emocionar y vigencia, pero no son las únicas que demuestran la diversidad creativa de Freddie como compositor.

Por ejemplo, tenemos la voluptuosidad de My melancholy blues (News of the world, 1977), el guiño a sus raíces islámicas de Mustapha (Jazz, 1978) o los ataques épicos de In the lap of the gods (Sheer heart attack, 1974). O el intenso romanticismo de You take my breath away (A day at the races, 1976), Play the game (The game, 1980) y Love of my life (A night at the opera, 1975) que los públicos coreaban a su lado en cada presentación. O las avalanchas de hard-rock y música clásica que componen el lado B de Queen II (1973), una de sus obras maestras. Y ni hablar del portentoso trabajo vocal que, ya duramente golpeado por el VIH, dejó registrado en Innuendo (1991), especialmente en canciones como Don’t try so hard o The show must go on.

Hace diez años, en el 2016, Londres celebró los 70 años del nacimiento de Farroukh Bulsara -su nombre real- develando, en el frontis de su casa, ubicada en el distrito de Feltham, la característica placa azul que lo identifica como English Heritage (Patrimonio Británico). Esta vez, las conmemoraciones por su cumpleaños incluirán conciertos, convenciones de fans y hasta una exposición de sus vestuarios emblemáticos, abierta hasta enero del próximo año, organizada por Mary Austin (75) quien fuera su pareja y, tras declarar abiertamente su homosexualidad, su amiga más querida y una de sus principales herederas.

Barry Gibb: El sobreviviente

En la última escena del documental The Bee Gees: How can you mend a broken heart (HBO Originals, 2020) vemos a Barry Gibb, entonces de 73 años, acodado en un elegante balcón y dirigiendo su mirada al horizonte. Y uno se pregunta, más allá de las indicaciones del director y el emocional tiro de cámara: ¿Qué podrá estar pensando al verse como el único sobreviviente de su familia? ¿Cómo se sentirá hoy, que cumple 80, reverenciado por todos pero sin sus hermanos menores, con quienes tocó el cielo durante los años de gloria de los Bee Gees?

En 1988, cuando los mellizos Maurice y Robin aun estaban vivos, los tres enfrentaron juntos el prematuro fallecimiento de su hermano más pequeño, Andy, a causa de una sobredosis. En aquel momento, con lo inexplicable que resultaba, la carga debe haber sido fuerte, pero menor. El cantante, guitarrista y coautor de esas inolvidables canciones que todos conocemos, que en el 2017 recibió el título de “leyenda” en el Festival de Glastonbury y obtuvo, en el 2023, el Kennedy Center Honor a pesar de no ser norteamericano de nacimiento, ha resistido esas terribles pruebas de la vida -y la muerte- con estoicismo y la frente en alto.

Tiene mucho de qué enorgullecerse, por cierto. Antes de llegar a los 10 años ya salía con sus hermanos, de 7 cada uno, cantando en la televisión australiana, antes de que la familia se reubicarán en Londres, donde los tres habían nacido. Aunque su carrera, siete décadas llenas de momentos cumbre que lo convirtieron, según los récords Guinness, en el segundo compositor más exitoso después de Paul McCartney, probablemente no sea consuelo frente a los fallecimientos de Robin (62 años, 2012), Maurice (53 años, 2003) y Andy (30 años, 1988), sí es testimonio de lo que es posible alcanzar con talento, humildad y trabajo duro.

Bee Gees: Una institución del pop-rock

¿Quién no ha escuchado a los Bee Gees? Me atrevo a asegurar que, hasta los más jóvenes de la actualidad, esos que piensan que Bad Bunny o Camilo son grandes cantautores y se emocionan escuchando las aburridas canciones de Coldplay, reconocen You should be dancing o How deep is your love, si tienen hermanos mayores o padres que disfruten la música del pasado. Ambas canciones forman parte de la banda sonora de Saturday night fever, película de 1977 que se convirtió en icono cultural del siglo XX, el punto más elevado de la era disco. El álbum fue el más vendido de todos los tiempos hasta 1983, en que fue destronado por Thriller, de Michael Jackson.

Para ese momento, los Bee Gees ya habían lanzado catorce discos y tenían un enorme prestigio por su capacidad para estructurar complejas armonías vocales y recubrirlas con una mezcla de country, pop-rock psicodélico y una fuerte influencia de los Beatles. Barry, como hermano mayor, era el líder y principal arreglista, aunque los más grandes éxitos de los Bee Gees fueron siempre firmados por los tres. Un año después compuso Grease, a pedido de los productores del musical del mismo nombre protagonizado por Olivia Newton-John y John Travolta. La versión que escuchamos en el famoso film fue grabada por Frankie Valli, con Peter Frampton en guitarra y Barry Gibb en los coros. Un absoluto clásico.

La discografía de los Bee Gees -veinticuatro álbumes lanzados entre 1967 y 2001- contiene verdaderas joyas del pop melódico, durante su periodo inicial (1967-1974). Y el resto de la década se apoderaron de las pistas de baile, acomodando finos arreglos orquestales y sus características voces, incluído el inconfundible grito en falsete que fue marca registrada de Barry, a temas para bailar, sin dejar de lado la sensibilidad para las canciones románticas de alta calidad. Este recopilatorio doble, Their greatest hits: The record (2001), recoge esos momentos musicales inolvidables. Como solista, tuvo un moderado éxito en nuestras radios con el tema Shine shine (Now voyager, 1984).

Barry Gibb, como compositor y productor, sacó adelante la carrera de Andy, el menor de sus hermanos, con brillantes canciones como Shadow dancing, Just want to be your everything o (Love is) Thicker tan water. E hizo lo propio con Barbra Streisand (Woman in love, 1980), Celine Dion (Immortality, 1997), Samantha Sang (Emotion, 1978), Kenny Rogers (Islands in the stream, 1983) y muchos más. En el 2021 lanzó un elegante álbum de duetos, Greenfields, cantando temas clásicos de los Bee Gees junto a estrellas del pop y el country como Olivia Newton-John, Keith Urban, Alison Krauss, entre otros.

[OPINIÓN] Rubio no debe venir por rechazo al pueblo de EEUU , sino porque es una visita imprudente, sorpresiva y políticamente inoportuna. Un posible bumerang , organizado por un Canciller y un Embajador USA que no son diplomáticos profesionales.

La investigación publicada por La República el 28 de agosto de 2026 dejó al descubierto una conexión incómoda: Carlos Díaz-Rosillo, asesor personal y amigo de Keiko Fujimori, aparece en una fotografía de marzo de 2023 junto a Cerimedo, a quien definió como contacto para «cosas muy buenas» en los años venideros. Díaz-Rosillo, cubano-estadounidense y exasesor del Secretario de Defensa en el gobierno de Donald Trump, no solo contrató a Fujimori como profesora en el Centro Adam Smith de la Universidad Internacional de Florida, sino que se erigió en consejero de su campaña presidencial.

Cerimedo no es un personaje menor. Ha admitido públicamente dirigir «miles de trolls» y poseer granjas de bots, además una investigación de lavado de dinero lo ha vinculado también a Perú. En Brasil, la justicia lo señaló como parte del núcleo de desinformación que alimentó el intento de golpe de Estado contra Lula da Silva. En Bolivia, las autoridades hallaron en sus propiedades una «mini granja de bots» y han encontrado que 200 millones de dólares han circulado en cuentas de sus empresas. En las elecciones peruanas de 2026, se registraron campañas sistemáticas de fake news contra el candidato progresista Roberto Sánchez, mientras Keiko Fujimori lograba una victoria mínima, y muy discutida, en el extranjero por apenas 44 mil votos. La pregunta que resuena en las calles es inevitable: ¿hasta dónde llegó la injerencia digital en la soberanía del voto peruano?

Marco Rubio, por su parte, ha declarado que su propósito es «destruir a la izquierda y el progresismo en América Latina». En este contexto, su visita no se lee como diplomacia, sino como respaldo a una administración local cuestionada por sus vínculos con una red continental de manipulación informativa. El Perú no necesita visitas que legitimen la sospecha. Necesita respuestas para saber cuan legítimo es el gobierno en el poder.

Crisis de la soberanía peruana con EEUU

El próximo 9 de septiembre, el Secretario de Estado estadounidense Marco Rubio llegará al Perú invitado por el gobierno de Keiko Fujimori. Lo hará en un momento de máxima tensión política, cuando una investigación periodística acaba de destapar los vínculos entre el entorno presidencial y Fernando Cerimedo, el consultor argentino que ha convertido la desinformación en una industria transnacional. Para amplios sectores de la sociedad peruana y latinoamericana, la visita no es una celebración de los 200 años de relaciones diplomáticas: es un acto de distracción frente a un escándalo de proporciones continentales. Que puede tener impactos sismicos en el mandato de una Presidenta recién elegida, al cuestionar su legitimidad de origen.

La conexión documentada

El 28 de agosto de 2026, el diario La República publicó una investigación que deja poco margen para la duda. Carlos Díaz-Rosillo, asesor personal y amigo de la presidenta Keiko Fujimori, aparece vinculado directamente con Fernando Cerimedo. En marzo de 2023, Cerimedo publicó en sus redes una fotografía junto a Díaz-Rosillo —entonces principal asesor del Secretario de Defensa de Donald Trump— con un mensaje elocuente: «Se vienen cosas muy buenas estos próximos años». Díaz-Rosillo, fundador del Centro Adam Smith para la Libertad Económica en la Universidad Internacional de Florida, no solo contrató a Fujimori como expositora y luego como profesora frecuente junto a otros líderes de la derecha latinoamericana; se convirtió en su consejero personal.
Cuando estalló el caso Cerimedo, ni la presidenta ni su asesor portorriqueño emitieron una sola palabra de explicación . Que pasa si el caso Cerimedo y de Días Rosio terminan vinculados al financista Valenzuela que se entrevisto en privado en el Spa Tomyko con la Sra Presidenta? Eso explicaria ese incomodo silencio.

Cerimedo no es un operador anónimo. Es un consultor político que ha trabajado en las campañas de Javier Milei en Argentina, Jair Bolsonaro en Brasil, Rodrigo Paz en Bolivia y Nasry Asfura en Honduras. Ha admitido públicamente poseer «miles de trolls» y granjas de bots para posicionar mensajes en redes sociales. En Brasil, la justicia lo identificó como parte del «núcleo de desinformación» que cuestionó el sistema electoral tras la victoria de Lula, contribuyendo al clima que desembocó en los ataques del 8 de enero. En Bolivia, donde fue detenido en agosto de 2026, las autoridades hallaron una «mini granja de bots» y miles de dólares en efectivo. Su pareja, la abogada Nadia Beller, declaró a la prensa que la mayor granja de bots de Cerimedo opera desde Buenos Aires, pero que hay otras que maneja «para Latinoamérica» .

La sombra sobre el voto peruano

En las elecciones generales peruanas de 2026, Keiko Fujimori obtuvo una victoria ajustadísima en el extranjero por apenas 44 mil votos, mientras que el 49% del electorado respaldó opciones progresistas encabezadas por Roberto Sánchez. Durante la campaña, se registraron oleadas de fake news y campañas de desprestigio sistemáticas contra el candidato de izquierda. La pregunta que hoy indigna a la ciudadanía es legítima: si Cerimedo demostró capacidad para operar en Brasil, Bolivia, Argentina y Honduras, ¿qué grado de injerencia tuvo su red en la soberanía del voto peruano? El hecho de que un asesor íntimo de la presidenta —Díaz-Rosillo— aparezca fotografiado y declarado amigo del operador digital más polémico de la región no es un dato menor: es una pista que exige una investigación que la prensa gobiernista parece empeñada en silenciar.

Más allá de la interferencia electoral

La agenda de Rubio, sin embargo, no se limita al terreno digital. La administración Trump, con Rubio como uno de sus operadores en América Latina, impulsa una política de apropiación de recursos estratégicos: cobre, litio, uranio, tierras raras, oro y petróleo. En Venezuela ya se denuncia una expropiación colonial de 65 millones de barriles de crudo sin contrato transparente. En el norte peruano, los yacimientos de hidrocarburos explorados por Chevron —la misma empresa que extrae petróleo venezolano hacia EE.UU.— encienden alertas de una posible repetición del modelo. La «doctrina Trump», materializada en memorandos del Departamento de Estado, amenaza con convertir la autodeterminación económica del Perú en una variable negociable.

La soberanía militar tampoco ha quedado intacta. La adquisición de aviones F-16 estuvo marcada por presiones inaceptables del embajador estadounidense y del propio Marco Rubio, con la ilegal intervención de un presidente del Congreso. Este patrón de injerencia demuestra que la actual administración estadounidense no reconoce límites en su afán de condicionar decisiones soberanas.

Las relaciones de dos siglos entre el Perú y Estados Unidos merecen una transformación radical. Deben basarse en el respeto a la autodeterminación, la independencia y una cooperación genuina entre pueblos. La visita de Rubio el 9 de septiembre, lejos de ser un gesto de amistad, representa para muchos peruanos la materialización de una política que no respeta la soberanía electoral, que amenaza la autonomía sobre recursos naturales y que vulnera la independencia militar del país. En las calles de Lima, la protesta de la opinión publica y de politicos del Congreso (verdadero recibimiento a quien promueve la destrucción del progresismo latinoamericano mientras su red de asesores locales aparece entrelazada con la maquinaria de desinformación que socava la democracia.

La visita, en este contexto, puede ser un bumerang politico de consecuencias para las relaciones entre Perú y EEUU.

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[Música Maestro] De la infinidad de videoclips que vio mi generación durante los ochenta, probablemente los de ZZ Top estén entre los más recordados. La mitología que se creó en torno a estos tres extravagantes músicos -los poderes mágicos de los autos y sus llaves, el revoleo de guitarras, las barbas largas, los lentes oscuros, la transformación de personas apocadas en personajes seguros- a través de esos videos quedó inscrita en nuestras incipientes mentes rockeras como un tatuaje. Y, por encima de todas esas imágenes, destacaba el sonido rugoso de este power trío que se convirtió de inmediato en el eslabón que unió a la era MTV con la década anterior.

La semana pasada nos enteramos del fallecimiento de Frank Beard, a los 77 años. El baterista era el motor y corazón de esta “pequeña bandita de Texas” -parafraseando el título de un documental sobre ellos  lanzado por Netflix en el año de su 50 aniversario-, ejecutando sus metronómicos ritmos desde el fondo mientras que Billy F. Gibbons y Dusty Hill, al frente, desplegaban sus graciosas coreografías y energéticos ataques de guitarra y bajo, con esas descargas de blues, rock y boogie que los distinguió desde finales de los sesenta.

Con la muerte de Beard -que, curiosamente, significa “barba”, aunque era el único que no la usaba-, ocurrida cinco años después del lamentable fallecimiento del bajista Dusty Hill a los 72, Billy F. Gibbons (76) queda como único integrante vivo de ZZ Top. En una de sus primeras declaraciones públicas tras difundirse la noticia, “El Reverendo” Gibbons hizo elogiosos comentarios a la memoria de su compañero y amigo: “Hoy el mundo ha perdido a uno de los bateristas más innovadores. Su dominio del ritmo fue clave para mantenernos en la cima”.

Talentos de televisión

Los videos de Sharp dressed man, Legs y Gimme all your lovin’, tres canciones de su octavo álbum Eliminator (1983), convirtieron a Gibbons, Hill y Beard en inmediatas estrellas de la generación MTV, como ocurrió también con bandas como Twisted Sister o Dire Straits. La estética cinematográfica y los personajes de fantasía, combinación de Back to the future (1984) y Happy days (la serie de 1974-1984 sobre la vida familiar en los años cincuenta) sirvió para contar historias de reivindicación de los más débiles, donde tres risueñas y carismáticas estrellas de rock eran capaces de transformar la monocromática vida de sus antihéroes en una colorida montaña rusa donde no faltaban motocicletas, diversión y chicas bonitas, sin perder el aura infantil de sano entretenimiento.

Para ese momento, la banda ya era una leyenda del blues-rock, al mismo nivel de Cream, Mountain, Lynyrd Skynyrd, Led Zeppelin o The Jeff Beck Group -escuchar temas como la balada claptonesca Sure got cold after the rain fell o Whiskey ‘n mama, que precedió un año al Dirty love de Zappa (ambas del LP Rio Grande mud, 1972), aunque para nosotros esa larga historia previa era totalmente desconocida. Ese disco ochentero hizo que el trío, extremadamente trajinado en escenarios recorridos sin descanso entre 1973 y 1977, se enganchara con los nuevos públicos, más orientados al consumo audiovisual de la música.

Cuando entramos en contacto con ZZ Top, las nociones sobre “el sueño americano” y “la tierra de las oportunidades” ya venían siendo cuestionadas en los Estados Unidos, en casi veinte años de hippismo y todos los productos culturales de lo que hoy se conoce como “generación baby boomer”. Mientras, en nuestros países vivíamos inundados por las series de televisión y los anhelos consumistas de todo lo que llegara de allá. En ese sentido, el sarcasmo de los barbudos tejanos se insinuaba como la punta del iceberg de una contracultura efervescente, capaz de mostrar la otra cara de Norteamérica, pero de forma divertida y relajada.

ZZ Top: Los primeros años

Billy F. Gibbons -la F. es de su segundo nombre, Frederick- es un excelente guitarrista de blues, capaz de convocar a los espíritus de Robert Johnson (1911-1938) y Elmore James (1918-1963) con dos o tres acordes y electrizantes solos lanzados desde su colección de Fender, Dean y Gibson, que se formó musicalmente de la mano de Jimi Hendrix, nada menos. Poco antes de cumplir los veinte años, su banda The Moving Sidewalks (1966-1969) llegó a telonear al chamán negro de la guitarra eléctrica quien, como cuenta el mismo Gibbons, “me enseñó a tocar el inicio de Foxy lady y, desde entonces, supe cómo sonaba la libertad”.

Para 1970 ya se había encontrado con Dusty Hill y Frank Beard, bajo y batería de American Blues, un grupo influenciado por la onda psicodélica de los primeros Grateful Dead y 13th Floor Elevators. El trío, que completaba el guitarrista Rocky Hill, hermano mayor de Dusty, se había separado un par de años antes, dejando libres a ambos. Fue Beard quien presentó a Hill y Gibbons, en plena búsqueda de nuevos acompañantes. El baterista contó alguna vez que, para audicionar, obligó a Billy a escucharlo durante treinta minutos. El guitarrista lo corrige: “Fueron solo treinta segundos, suficientes para saber que tenía lo que buscaba”.

La sociedad de estos jóvenes se plasmó en tres excelentes álbumes de rock sureño y blues, en línea con todo lo que venía pasando en esos años, desde The Allman Brothers Band hasta The Rolling Stones. Canciones como Francine (Rio Grande mud, 1972), Squank (ZZ Top’s first album, 1971) o Jesus has left Chicago (Tres hombres, 1973) son buenos ejemplos de ese tiempo.

Al último de los mencionados pertenecen también dos de sus primeros temas considerados “éxitos”, Beer drinkers & hell raisers -que fuera grabada en 1977 por otro trío, los ingleses Motörhead, durante las sesiones de su álbum debut, lanzada como single en 1980- y La Grange, dedicada a un burdel del condado de Fayette, en Texas, una canción que nunca dejaron de incluir en sus conciertos el resto de su carrera.

1977: Un pequeño descanso

Conocidos por su incansable agenda de conciertos, los ZZ Top siguieron adelante con un par de álbumes cargados de blues eléctrico, guitarras slide y la poderosa combinación del susurro rasposo de Gibbons y la potente voz alta de Hill, con el pulso imparable y preciso de Beard como base sólida para sus desarrollos instrumentales. El primero de ellos, Fandango! (1975), combina canciones en vivo con grabaciones de estudio.

En la parte que está en directo -el Lado A del vinilo original- podemos ubicar al ZZ Top más agresivo y rockero, con una potente versión de Jailhouse rock, composición de Jerry Leiber, Mike Stoller que hiciera popular “El Rey del Rock”, Elvis Presley (1935-1977) en el año 1957. En el tema Backdoor medley, también en vivo, la batería de Beard -elegante en ese clásico del rocanrol cincuentero- se transforma en casi un antecedente del thrash metal. Entre el material de estudio destacan Balinese, Tush -ambas cantadas por Hill- y el romántico Blue jean blues.

La siguiente producción, Tejas (1976), continúa la senda de sus anteriores placas, con brillantes solos de Gibbons, la correctísima batería de Beard -una especie de híbrido entre Charlie Watts y Ringo Starr, por su exactitud y manejo de redobles- y el contundente trabajo vocal de Dusty Hill en Avalon headaway y Ten dollar man. La viñeta instrumental Asleep in the desert muestra un lado poco explorado hasta ese momento, con guitarras acústicas y golpes de percusión que se asemejan al cajón peruano, una verdadera rareza en el catálogo de ZZ Top.

Entre 1976 y 1977, el trío se embarcó en una extensa gira de la que salieron exhaustos y con una sequía de ideas nuevas. Eso, sumado a los problemas de adicción a drogas duras de Frank Beard, motivaron la decisión de tomarse un descanso que, inicialmente, solo iba a durar el tiempo que le costara al baterista rehabilitarse. Sin embargo, el hiato se extendió hasta 1979, en que lanzaron su sexto larga duración, Degüello -una de sus mejores carátulas-, del que salieron un par de temas con cierta difusión radial en los Estados Unidos, Cheap sunglasses y I’m bad I’m nationwide -la última parte aquí es un buen ejemplo de lo buenos que eran- y otra excéntrica muestra de versatilidad, con los tres convertidos en sección de metales -Gibbons, saxo barítono; Hill, saxo tenor; Beard, saxo alto- para Hi fi mama.

El inicio de los éxitos masivos

Hasta ese momento, ZZ Top era una de esas bandas de culto reservadas para conocedores. Sin muchos temas en los rankings, el trío se animó a incorporar teclados, tocados por Dusty Hill, para el primer álbum que lanzaron en la nueva década, El loco (1981). Sin embargo, las canciones más rockeras como Pearl necklace, Party at the patio y Tube snake boogie fueron las que tuvieron mayor resonancia. Además, este fue el primer momento en que Gibbons y Hill aparecieron en una portada con sus nuevas barbas de 35 centímetros de largo, apariencia que se convirtió en su marca registrada para los años siguientes.

Eliminator (1983), como decíamos al principio, fue el disco que los catapultó a la fama internacional y masiva. Aquí se une a la mitología ZZ Top un fabuloso auto clásico, parte de la colección personal de Gibbons, un Ford rojo coupé de 1933. Aunque al principio hubo algunas controversias respecto de la unidad en el grupo, por la participación del productor Linden Hudson en la composición y arreglos de varias canciones, los tres grabaron el disco de manera regular y, para promocionarlo, iniciaron una enorme gira por Estados Unidos y Europa.

Eliminator y el final de una era para ZZ Top

Los videoclips de Gimme all your lovin’, Legs y Sharp dressed man, además de las tramas comunes y los personajes paradigmáticos -la chica tímida, el muchacho buleado- que superan sus problemas con el apoyo del trío mágico que les cambia la vida con un simple movimiento de las llaves de un auto rojo capaz de transformarse en una nave espacial, nos presentan por completo la nueva imagen pública de ZZ Top.

Siempre con sus enormes sombreros tejanos, lentes oscuros y características barbas, Gibbons y Hill comenzaron a realizar sencillos pero muy bien coordinados movimientos de baile, perfectamente sincronizados, mientras tocaban y hacían malabares con sus instrumentos. En el video de Legs se les ve con guitarra y bajo diseñadas especialmente para ellos, recubiertas de una tela blanca que les da apariencia de nubes, hoy exhibidos en el museo del Hard Rock Café de la ciudad tejana de Dallas.

En este disco se comienza a sentir mayor presencia de sintetizadores y baterías electrónicas, consecuencia de la fascinación que había desarrollado Gibbons, rockero por excelencia, por bandas británicas de electropop ochentero como O.M.D. y Depeche Mode, de las cuales se declaró ferviente seguidor. La influencia de ese sonido nuevo se manifestó de forma más dura en los siguientes dos discos, Afterburner (1985) y Recycler (1990), con canciones como Sleeping bag, Stages o Doubleback, de moderado éxito en radios y programas televisivos. Los elementos fantasiosos y futuristas continuaron, pero ya no con el impacto de Eliminator, álbum que llegó a vender más de 11 de millones de copias solo en Estados Unidos.

1995-2025: Entre la devoción y el olvido

Para ZZ Top que, en el año 2018 fue denominada por los récord Guinness como la alienación más estable de la historia del rock -50 años, juntos desde 1968- fue muy difícil o, en todo caso, agridulce, adaptarse a los cambios de la industria discográfica y los gustos de las masas. Considerados por los públicos más jóvenes como unas piezas de museo, Gibbons, Hill y Beard contaron todo el tiempo con el apoyo de sus fanáticos, quienes los siguieron por todas partes.

Aunque no repitieron los números millonarios de décadas anteriores, sus álbumes Antenna (1994), Rhythmeen (1996), XXX (1999) y Mescalero (2003) concitaron siempre la atención de los amantes del blues y el rock guitarrero, pues fueron un gradual retorno a sus raíces. Como tantas otras bandas del pasado, los barbudos lograron acondicionar su sonido durante los ochenta pero, en la época del grunge y el rap, sus canciones y videos fueron solo placer de minorías. Sin embargo, sus conciertos y recopilaciones, como el CD/DVD Greatest hits (1992) -que incluyó un par de temas nuevos, Gun love y otro cover de Elvis, la sesentera Viva Las Vegas-, tuvieron impacto por condensar en un solo producto sus momentos más memorables.

En el año 2004, ZZ Top fue inducido al Rock And Roll Hall Of Fame y su presentación estuvo a cargo del guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards. En esa gala, el trío tocó La Grange y Tush, dos de los temas más aclamados de su primera época. También desde ese año fueron invitados por otro de sus célebres colegas, Eric Clapton, al Crossroads Guitar Festival, un cartel de legendarios guitarristas y estrellas nuevas del blues y el rock.

Gibbons se convirtió, además, en una personalidad recurrente en la televisión por su extravagante personalidad, casando parejas en Las Vegas e incluso uniéndose al elenco de Bones (2005-2017), haciendo de sí mismo, como el misterioso padre de una de las protagonistas, Angela Montenegro. El dato curioso: el segundo nombre de su hija en esa recordada serie policial era Pearly Gates, nombre de su emblemática Gibson Les Paul de 1959, a la que le compuso el instrumental Apologies to Pearly (Rio Grande mud, 1972).

Muchos guitarristas modernos de blues, como Derek Trucks, John Mayer, Keb’ Mo’ o Joe Bonamassa mencionan a Billy Gibbons como una de sus principales influencias y consideran un honor cada vez que tienen la oportunidad de tocar con él. Mientras que las masas apenas lo recuerdan, la comunidad musical reconoce en él a una auténtica leyenda del rock norteamericano y mundial.

ZZ Top seguirá adelante

Cuando falleció Dusty Hill en el año 2021, Gibbons y Beard siguieron adelante con Elwood Francis como su reemplazante. Francis, viejo amigo y colaborador de la banda, conocido por tocar bajos de hasta 17 cuerdas y también portador de una enorme barba, había recibido la posta directamente de Hill, como cuenta Billy Gibbons: “En su lecho final, me tomó firmemente del brazo y me pidió que le diera su instrumento a Elwood”. Aquí podemos verlos, tocando Sharp dressed man.

Al parecer, la muerte de Frank Beard tampoco detendrá a esta locomotora bluesera que comenzó a rodar hace ya casi seis décadas. Hace pocas semanas, la página web oficial de ZZ Top había anunciado la cancelación de algunas fechas, debido a los tratamientos médicos del baterista, aunque no se precisaron detalles sobre su enfermedad. Tras su muerte, rodeado de sus familiares en su casa rancho de Richmond, Texas, se ha informado que su lugar lo ocupará Michael Monahan, quien ya había alternado previamente con Gibbons y Francis.

ZZ Top no ha grabado ningún disco nuevo desde el energético La Futura (2012, donde destacó el single I gotsta get paid, que nos recuerda al ochentero West L.A. fadeaway del álbum de 1987 de los Grateful Dead, In the dark), décimo quinto de su larga trayectoria, producido por otro legendario barbudo, Rick Rubin. Pero continuará brindándonos lo mejor del blues-rock gracias a la tenacidad y buena salud de Billy F. Gibbons quien, a sus 76 años, no está dispuesto a retirarse y lleva en sus manos el legado de este género que continúa vigente por encima de modas pasajeras y encanallamientos farandulescos. Para disfrutar de su música, poner este concierto del 2008 a todo volumen basta y sobra.

[EL DEDO EN LA LLAGA] El 17 de agosto de 2026, la Asociación Civil San Juan Bautista (ACSJB) presentó ante la Fiscalía de la Nación una querella por difamación agravada continua contra la periodista Paola Ugaz. La acción llega después de que la Fiscalía archivara, en junio, una investigación de más de tres años por presunto lavado de activos, tráfico de tierras y fraude tributario. La asociación pide un sol de reparación simbólica y sostiene que busca que un juez “determine la verdad”.

Su vocero, el abogado penalista Percy García Cavero, explicó la demanda el 19 de agosto, en una entrevista emitida a través de Origen Xtream y conducida por Giuliana Caccia, directora del medio. Caccia ha sido señalada en diversos reportes periodísticos por sus vínculos con el entorno del Sodalicio de Vida Cristiana. Junto con Sebastián Blanco, presentó una denuncia contra monseñor Jordi Bertomeu, integrante de la misión especial enviada por el papa Francisco para investigar los abusos y las irregularidades en esa organización. Además, esta casada con el hermano de Sebastián, Ignacio Blanco, quien durante mucho tiempo fue secretario personal de Luis Fernando Figari, superior general del Sodalicio de 1975 a 2010.

El escándalo del Sodalicio y el trabajo de Paola Ugaz

El Sodalicio de Vida Cristiana fue fundado en el Perú en la década de 1970. Durante años funcionó bajo una estricta disciplina espiritual, hasta que en 2015 quedó en el centro de un escándalo de abusos sexuales, físicos y psicológicos.

El libro “Mitad monjes, mitad soldados”, coescrito por Paola Ugaz y Pedro Salinas, reunió testimonios de víctimas y contribuyó a sacar a la luz las prácticas abusivas de Figari y otros miembros de la cúpula. El Vaticano intervino posteriormente, ordenó investigaciones canónicas y, con el tiempo, el Sodalicio enfrentó un proceso de disolución bajo supervisión eclesiástica.

Paola Ugaz continuó investigando las estructuras económicas relacionadas con la organización: cementerios, inmobiliarias, sociedades empresariales y movimientos de dinero. Ese trabajo desembocó en una larga disputa judicial y pública con personas e instituciones vinculadas al antiguo entorno sodálite.

La Asociación Civil San Juan Bautista y José Antonio Eguren

En ese contexto aparece la Asociación Civil San Juan Bautista. Fundada en junio de 1991, la ACSJB es una persona jurídica de derecho civil, sin fines de lucro. Su actividad no se limita a la administración de cementerios bajo la marca “Parque del Recuerdo”: también ha desarrollado actividades económicas vinculadas a la adquisición y desarrollo de terrenos, proyectos de infraestructura y otras operaciones relacionadas con sus activos.

La propia asociación sostiene que entre sus fines está generar recursos para apoyar obras de la Iglesia católica y que los ingresos obtenidos mediante sus actividades son reinvertidos o destinados a donaciones conforme a sus objetivos. Precisamente por la dimensión económica de sus actividades, la ACSJB se convirtió en objeto de investigaciones periodísticas sobre sus relaciones con el entorno del Sodalicio.

Existe un dato fundamental para reconstruir su historia: José Antonio Eguren Anselmi, entonces sacerdote y miembro del Sodalicio, fue uno de los fundadores de la ACSJB y su presidente inicial. Eguren mantuvo responsabilidades directivas en la asociación hasta que renunció formalmente como asociado en abril de 2001. La información periodística disponible señala además que buena parte de los asociados iniciales de la ACSJB eran miembros del Sodalicio.

Eguren no fue el único miembro del Sodalicio que intervino en las estructuras relacionadas con la asociación. Miembros del Sodalicio con distintos tipos de vinculación ocuparon responsabilidades y participaron en operaciones realizadas a través de ella. En una operación documentada del año 2000, por ejemplo, la ACSJB estuvo representada por José Ambrozic Velezmoro y Raúl Guinea Larco, mientras que José Antonio Eguren Anselmi y Eduardo Regal Villa actuaron en representación del Sodalicio. No es un dato menor. Eguren, Regal y Ambrozic eran sodálites consagrados; Guinea era un sodálite adherente, es decir, un leal miembro con vocación a la vida matrimonial.

En esa misma operación, los excedentes generados por las actividades funerarias de los cementerios estaban destinados, entre otros fines, al fomento de vocaciones y a actividades educativas, vocacionales y pastorales vinculadas al Sodalicio. Ese tipo de conexión económica e institucional es precisamente lo que permite entender por qué la relación entre ambas entidades fue objeto de investigación periodística. La independencia jurídica de una y otra no elimina los vínculos personales, institucionales y económicos que existieron entre ambas.

La cuestión periodística, por tanto, consiste en investigar qué relaciones existieron entre ellas, quiénes participaron, qué funciones desempeñaron y qué destino tuvieron los recursos generados por las actividades de la asociación.

Obediencia, bienes y disciplina sodálite

El asunto adquiere mayor relevancia al examinar la disciplina interna del Sodalicio. Los sodálites consagrados hacían promesas de obediencia y celibato. Aunque la pobreza no constituía un voto formal, existía un llamado al “espíritu de pobreza” y a la comunicación de bienes. Las actividades e iniciativas de los miembros, tanto como los bienes que poseían, estaban sometidos a la obediencia debida a los superiores, según normas institucionales vinculantes. Por eso, cuando miembros consagrados participaron en la creación o administración de iniciativas económicas, se puede legítimamente cuestionar que pudieran actuar exclusivamente a título individual, sin ninguna relación con la comunidad sodálite. Pues todo sodálite estaba obligado a subordinar sus intereses personales al Sodalicio como institución.

Con eso se derrumba el argumento de García Cavero en la entrevista con Giuliana Caccia, cuando sostiene que vincular a la ACSJB con el Sodalicio es “absurdo”, basándose en que ambas son, efectivamente, entidades jurídicamente distintas. Esa separación no elimina los vínculos históricos y disciplinarios, que pueden ser objeto de investigación.

El antecedente judicial de José Antonio Eguren

La conexión de Eguren con el caso adquiere otra dimensión porque el actual abogado de la ACSJB ya había intervenido judicialmente en un conflicto entre el arzobispo y Paola Ugaz. En 2018, Eguren presentó querellas por difamación contra Ugaz y Pedro Salinas. García Cavero fungió de abogado del obispo sodálite. El proceso contra Salinas terminó inicialmente en primera instancia con una condena por difamación agravada, en un juicio rocambolesco que no cumplía con las garantías debidas, mientras que Eguren posteriormente desistió de las acciones contra ambos periodistas gracias una intervención del Vaticano, que consideraba como un escándalo perjudicial para la Iglesia que un obispo miembro de una organización acusada de abusos, debidamente documentados, denunciara a los periodistas que habían dado a conocer a la opinión pública esos abusos.

Los argumentos de García Cavero

Uno de los argumentos centrales de García Cavero es que existirían básicamente “tres mentiras” de Ugaz que sustentan la querella.

La primera se refiere al reportaje de Al Jazeera de 2016, The Sodalitium Scandal, en el que Ugaz participó como periodista, aunque García Cavero insista en que fue “productora”, no obstante que la propia cadena árabe ha desmentido oficialmente este supuesto. Según el abogado, el reportaje afirmó que la ACSJB —y por extensión el Sodalicio— había usurpado tierras de comuneros de Castilla, en Piura, con el apoyo de una organización criminal llamada “La Gran Cruz del Norte”.

El abogado sostiene que el reportaje se basó en cuatro testigos cuyas declaraciones resultarían falsas, siendo que varios fueron condenados por difamación, y que al menos uno reconoció distorsiones. Algunos de esos testigos enfrentaron efectivamente procesos por sus declaraciones y existieron conflictos de tierras documentados en Piura. Pero convertir esas circunstancias en una “ficción novelística” inventada por Ugaz supone una conclusión más amplia que los hechos acreditados. El periodismo de investigación trabaja con documentos, testimonios e indicios; su validez no depende de que cada afirmación haya sido previamente establecida por una sentencia judicial, sino de que reproduzca fielmente la información documental y aquella suministrada por sus fuentes.

Las otras dos acusaciones se refieren a una supuesta defraudación tributaria mediante el uso del Concordato y a presunto lavado de activos en el marco de una organización criminal. La Fiscalía archivó en junio de 2026 la investigación por estos hechos después de más de tres años de diligencias. El resultado favorece a la ACSJB en esos procedimientos concretos. Pero el archivo fiscal no determina por sí mismo que todas las investigaciones periodísticas anteriores fueran falsas ni establece la inexistencia de cualquier irregularidad histórica. Son cuestiones distintas. Una decisión judicial no constituye necesariamente el criterio último para determinar qué hechos son reales y cuáles no.

Investigar el poder

El caso de Paola Ugaz plantea una cuestión que trasciende a la periodista y a la ACSJB: hasta dónde puede llegar el periodismo cuando investiga el poder —político, económico o religioso— sin cruzar la frontera de la difamación.

Los errores periodísticos deben ser examinados y, cuando corresponda, corregidos. Pero una investigación no se convierte automáticamente en una “mentira” porque una institución rechace sus conclusiones o porque una investigación penal termine archivada.

La respuesta a las investigaciones periodísticas puede ser una solicitud de rectificación, una demanda civil o una acción penal, pero solo cuando realmente se ha cometido un delito, es decir cuando hay dolo e intención deliberada de manipular los hechos. Pero cuando las querellas se convierten en una respuesta recurrente frente al periodismo solo porque es incómodo, existe un riesgo evidente: que el costo de investigar termine siendo tan alto que la prensa prefiera no hacerlo. Y se estaría perpetrando un atentado contra la libertad de expresión.

Cuando lo que está en juego es la investigación de una organización religiosa que durante décadas acumuló poder, influencia y recursos, ese riesgo no debería tomarse a la ligera.

[EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS] Víctor Raúl Haya de la Torre solía sostener que los países de América Latina debían unirse para negociar de igual a igual con Estados Unidos y obtener de este país los capitales y la tecnología necesarios para impulsar el desarrollo de la región en su conjunto. La afirmación de Haya, certera y visionaria, constituye una utopía política a la que nuestros países se han negado sistemáticamente desde que Simón Bolívar convocase el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826.

Optamos, entonces, por avanzar por separado en un mundo que ya se encontraba organizado de antemano y perdimos —y seguimos perdiendo— largamente en la confrontación. Nuestra autonomía económica ha estado condicionada, de manera recurrente, por los intereses de las grandes potencias: primero los de Inglaterra, hasta la Primera Guerra Mundial; después, los de Estados Unidos, cuya hegemonía en la región es hoy desafiada por China en el terreno comercial y económico.

El escenario contemporáneo convierte a América Latina en una preciada pieza para ambas potencias. Nuestra región posee recursos estratégicos fundamentales para la economía del siglo XXI, entre ellos el litio y las llamadas tierras raras que ofrecen importantes reservas de uranio, cuya energía resulta esencial para sostener buena parte de la infraestructura tecnológica que hace posible la informática, la computación avanzada y la inteligencia artificial. A ello se suman nuestros mercados, las rutas comerciales, los alimentos, los hidrocarburos y otras materias primas tradicionales, todos ellos incorporados a una disputa geoeconómica de creciente intensidad.

En este contexto, Estados Unidos ha propuesto a los países de la región la creación del denominado Escudo de las Américas, una suerte de mecanismo panamericano de cooperación destinado a combatir el narcotráfico y las organizaciones criminales, acompañado de un llamado a incrementar en un 1 % los presupuestos nacionales destinados a defensa. La iniciativa, sin embargo, difícilmente puede comprenderse al margen de la creciente rivalidad sino-estadounidense. A Washington le preocupa que China se haya convertido en el principal socio comercial de varios países latinoamericanos, entre ellos el Perú, donde sus empresas poseen una presencia predominante en sectores estratégicos y donde el megapuerto de Chancay le ofrece una ruta corta y competitiva para articular los mercados del Pacífico sudamericano con Asia.

Parecía que dieciocho países se incorporaban, sin mayores objeciones, al proyecto interamericanista de Donald Trump cuando Chile hizo sonar las alarmas. Su ministro de Defensa respondió a la propuesta con contundencia y serenidad, en un tono que hoy resulta poco frecuente cuando se abordan las relaciones con Estados Unidos: de país soberano a país soberano.

El ministro Fernando Barros señaló que Chile evaluará la propuesta y que recién responderá formalmente en noviembre, un plazo considerablemente amplio para un mandatario como Trump acostumbrado a exigir respuestas rápidas. Barros añadió que «primero se respeta la soberanía, la legislación, tanto la Constitución como las leyes de cada país», y recordó que la lucha contra el narcotráfico corresponde a las autoridades y a la policía chilenas.

El funcionario agregó que «nos vienen muy bien las ayudas en ciertas áreas, como inteligencia, información y tecnología. Pero no necesitamos más que eso». Con esta afirmación estableció con claridad la agenda chilena de cooperación y delimitó, al mismo tiempo, los ámbitos en los que su país está dispuesto a colaborar.

Finalmente, frente a las referencias del secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, al eventual retorno de la Doctrina Monroe —proclamada en 1823 por el presidente James Monroe—, Barros respondió de manera tajante: «Chile no es el patio trasero de nadie; somos un país muy orgulloso de nuestra realidad».

No son derechas e izquierdas

La réplica de Fernando Barros a su homólogo estadounidense ha llamado particularmente la atención porque no proviene de un gobierno de izquierda ni de un Ejecutivo que levante las tradicionales banderas del antimperialismo. Proviene, por el contrario, de un gobierno situado claramente a la derecha del espectro político chileno.

Por ello, cabía esperar que, así como los gobiernos de Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador y Daniel Noboa en Ecuador se han mostrado receptivos a la propuesta de la Casa Blanca, José Antonio Kast hiciera lo propio. No ha ocurrido así.

El gobierno chileno parece entender que una política económica de orientación neoliberal, una posición conservadora frente a la migración y frente a determinadas posturas progresistas en otros ámbitos no obligan a renunciar a una geopolítica propia. La orientación ideológica de un gobierno no debería traducirse automáticamente en subordinación estratégica. Chile reivindica, en este caso, una política exterior soberana y proactiva, asentada en la conciencia del lugar que ocupa en el sistema internacional y de sus propios intereses nacionales.

¿Qué significa, entonces, ser de derecha para el gobernante de un país latinoamericano? Esta es la pregunta que queda flotando. Desde cierta perspectiva, podría significar aceptar que las políticas exteriores propias se subordinen a las agendas de Estados Unidos. Pero también puede significar —como parece interpretarlo Chile— asumir la propuesta de Trump y Hegseth como el inicio de una negociación de intereses que, precisamente por serlo, debe preservar la capacidad de decisión de cada Estado.

Chile vuelve a presentarse, de este modo, como lo ha hecho a lo largo de buena parte de su historia: un país consciente de sí mismo, celoso de su soberanía pero que tiende a actuar en solitario. Lo deseable, sin embargo, sería que otros países de la región adoptaran posiciones semejantes, no para enfrentarse al hegemón, sino para negociar con él en mejores condiciones.

Porque quizá nos encontremos ante una coyuntura excepcional. A pesar de la enorme ventaja económica, militar y tecnológica que Estados Unidos y China mantienen sobre nuestros países, ambas potencias necesitan de América Latina tanto como América Latina puede beneficiarse con ellas. ¿Por qué no negociar, entonces?

Unas palabras sobre la cuestión china.  Siempre he pensado que América Latina no debería verse obligada a escoger entre uno u otro de los dos grandes poderes que hoy disputan nuestra región como espacio de influencia. Por el contrario, deberíamos aprovechar su interés y, sobre todo, su rivalidad, para obtener beneficios concretos para nuestros pueblos.

Margaret Thatcher dijo alguna vez que “Inglaterra no tienen amigos, sino intereses”. La idea resulta pertinente para nuestra circunstancia. Si dos grandes potencias compiten por ampliar su influencia sobre nuestra región, América Latina debería ser capaz de transformar esa competencia en una oportunidad para su propio desarrollo.

No se trata, por tanto, de elegir entre Washington y Beijing, sino de negociar con ambos. Y hacerlo desde una posición que nos permita convertirnos, progresivamente, en un tercer polo de poder e interlocución. Esa posibilidad parece mucho más cercana si nuestros países actúan coordinadamente, pues los intereses de ambas potencias no se concentran exclusivamente en Chile, Argentina o el Perú, sino en toda América Latina.

Tal vez esta vez podamos comprender la lección que Haya de la Torre planteó hace casi un siglo: no se trata de enfrentarnos al poder, sino de reunir suficiente poder para negociar con él. Y quizá esta sea la oportunidad de comenzar, finalmente, a actuar en consecuencia.

 

[Música Maestro] Hace una semana se produjo un hecho que muchos fanáticos del rock clásico creíamos ya imposible. Ritchie Blackmore (81) se subió a un escenario, por primera vez desde hace más de tres décadas, con sus ex compañeros de Deep Purple, Ian Gillan (80), Ian Paice (78) y Roger Glover (80), a quienes cariñosamente llamó “los viejos muchachos” en la información que él mismo filtró un día antes a varios medios especializados que, de inmediato, propalaron el acuerdo.

Fue solo una canción al final de un concierto en el anfiteatro de Jones Beach, una de las arenas más populares de New York. Más que suficiente para que estos extraordinarios músicos limen públicamente sus asperezas en esta etapa de sus avanzadas y fructíferas vidas. El evento no pasó desapercibido entre los amantes del rock, pues son muy conocidas las tensas dificultades existentes entre Blackmore y el resto de la banda, enconos que impidieron incluso que tocaran juntos en su inducción al Rock And Roll Hall of Fame, ocurrida hace una década, en el 2016.

Como recordamos, el guitarrista nacido en la ciudad sureña de Somerset, donde se realiza anualmente el conocido Festival de Glastonbury, fue noticia el año pasado tras sufrir un infarto -encuentro cercano con la muerte que quizás haya activado su voluntad de tocar de nuevo con sus viejos camaradas-. Ese grave evento lo obligó a cancelar varios compromisos pactados con Blackmore’s Night, el grupo que armó con su cuarta esposa, la norteamericana Candice Knight, un cuarto de siglo menor que él, en 1997, cuatro años después de su accidentada salida de la banda con la que compuso y grabó clásicos como Highway star, Space truckin’ o Smoke on the water.

Una reunión inesperada

Precisamente fue esa canción, tema principal de su sexto álbum en estudio Machine head (1972) y uno de los riffs más conocidos en la historia del rock, la que Blackmore tocó con sus recuperados amigos el pasado 12 de agosto, ante el asombro del público. En sus redes sociales, el guitarrista confesó un par de días antes que estaba muy nervioso pues no cambiaba las cuerdas de su Fender Stratocaster desde hacía casi treinta años –“he estado tocando únicamente guitarras acústicas”- y que fue él quien tomó la iniciativa, a través de un emisario cibernético, para escribirle a Ian Gillan sobre la posibilidad de juntarse “por los viejos tiempos”.

Ritchie Blackmore se alejó en dos oportunidades de Deep Purple. La primera fue en 1974, tras la gira mundial del LP Stormbringer, el noveno de su discografía. Su lugar fue ocupado por un joven y talentoso guitarrista, Tommy Bolin, quien falleció prematuramente debido a sus serias adicciones apenas un año después del único disco que grabó con el grupo, el rítmico Come taste the band (1975). Blackmore entonces formó Rainbow con el vocalista Ronnie James Dio mientras que Deep Purple entró en un largo receso.

Una década después, en 1984, la formación más laureada de Deep Purple -Blackmore, Gillan, Lord, Paice y Glover- se reunió para grabar el extraordinario Perfect strangers. Los siguientes once años fueron de idas y vueltas, discusiones y desencuentros que terminaron en Finlandia en un accidentado concierto en que Blackmore, conocido por su mal temperamento, abandonó al grupo. De emergencia, Joe Satriani lo reemplazó por un breve lapso y en 1994, el integrante de una subestimada banda de jazz-rock y blues, The Dixie Dregs, Steve Morse, tomó la posta.

Un pretexto para volverlos a escuchar

Desde entonces, muchos intentos se dieron para volver a juntar a la que, dentro de la terminología propia de Deep Purple, se conoce como la “Mark II”. Ian Gillan fue siempre quien se mostró más reticente a una reunión con Ritchie Blackmore, a pesar de haberse reconciliado plenamente y “estar en contacto todo el tiempo”, como declaró hace años el cantante que nació en los escenarios encarnando a Jesucristo en la versión original de la recordada ópera rock Jesus Christ Superstar (Andrew Lloyd Webber, 1970).

Los fans de Deep Purple, que se cuentan por millones en el mundo entero, celebraron este acontecimiento y pocas horas después del concierto, las redes sociales rockeras fueron inundadas con clips de quienes registraron, con sus teléfonos, el histórico momento. A las 9 de la mañana del jueves 13 de agosto, el día siguiente, cada video subido a YouTube, Facebook, Twitter (X) e Instagram tenía ya decenas de miles de vistas -hoy, a una semana, las reproducciones ya son millones- e interminables cadenas de comentarios emocionados por el reencuentro.

Incluso hay quienes ya sueñan con que esto no quede allí y especulan con la posibilidad de un nuevo disco o próximas apariciones públicas. Nada de eso ha sido confirmado por las partes, desde luego. Y no importa si no ocurre, la buena noticia es que pudimos verlos y escucharlos juntos otra vez. Jon Lord, quien falleció el 2012, debe haberlos acompañado con sus portentosos teclados desde el más allá.

Aprovechando la gran noticia, me puse a reescuchar a la banda en sus distintas encarnaciones y derivados como Rainbow, la banda Gillan, Whitesnake, los Dixies, etc. De esa sobredosis de Deep Purple, les comparto algunos que están entre mis favoritos:

Deep Purple in rock (Harvest Records, 1970)

Después de editar el impresionante disco en vivo Concerto for group and orchestra (1969), la formación clásica de Deep Purple -Ian Gillan (voz), Ritchie Blackmore (guitarra), Roger Glover (bajo), Jon Lord (teclados) e Ian Paice (batería)- entró a los estudios para grabar juntos por primera vez.

El resultado fueron siete canciones que no dejan respirar por el alto nivel compositivo, los agudos gritos de Gillan -entonces de 25 años- y los intercambios instrumentales, casi en plan de competencia, entre Blackmore y Lord, un estilo que marcó todo el período dorado de la banda hasta 1973.

La icónica carátula, una de las más famosas de la historia del rock, está inspirada en las monumentales esculturas de granito que se encuentran en el Monte Rushmore, Dakota del Sur (EE.UU.), que representan a cuatro de sus históricos presidentes: George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln.

El álbum arranca con un explosivo minuto de Blackmore en guitarra, introducción de Speed king, vertiginoso homenaje a los pioneros del rock and roll, con menciones a Little Richard, Elvis Presley y Chuck Berry. Musicalmente, Lord y Blackmore realizan el primero de sus célebres jams grabados, con intercambios y contrapuntos de guitarra y teclados que desafían todas las leyes posibles de velocidad, improvisación y lectura musical.

La figura se repite en otros temas como Flight of the rat, Hard lovin’ man, la estremecedora Bloodsucker y, por supuesto, Child in time, épica canción de tonalidades oscuras y misteriosas. Mientras el inicio es pausado y sinuoso, el intermedio es una ráfaga de blues acelerado -donde Blackmore y Lord agarran a latigazos al oyente con sus instrumentos- y culmina con unas escalas cromáticas medio orientales que conducen inevitablemente hacia un clímax caótico y orgásmico.

Por su parte, Living wreck es un potente tema rockero que inicia con bombazos de Ian Paice que se van acercando, desde lejos, para encontrarse con una pared de Hammond B-3 y un ritmo pesado marcado por Blackmore y Glover. En esa época la banda lanzó un exitoso single, Black night, que no alcanzó un lugar en el disco y tuvo que esperar hasta 1995, cuando fue incluida en la edición por el 25 aniversario de Deep Purple in rock.

Perfect strangers (Polydor Records/Mercury Records, 1984)

Los cinco integrantes de la formación clásica de Deep Purple se reunieron once años después para lanzar este poderoso disco que se inscribió de inmediato en su rica historia. Este fue, además, el primer trabajo en estudio del grupo tras su desbande definitivo ocurrido en 1976.

En el álbum, el quinteto recupera la magia de sus años dorados con canciones como Perfect strangers, Knockin’ at your backdoor, A gypsy’s kiss y la balada Wasted sunsets en los que se nota claramente un retorno a las raíces que definieron el prestigio de Deep Purple en la historia del rock, pero sin dejar de lado las nuevas tendencias.

El ritmo del disco es sólido y orientado a los clásicos intercambios instrumentales entre el Hammond B-3 de Lord y las Fender de Blackmore, aun cuando el formato de las canciones es más comprimido -salvo Knockin’ at your backdoor que sobrepasa los 7 minutos de duración- para ir a tono con la tendencia de los ochenta. De los temas menos difundidos, Under the gun, Nobody’s home y Hungry daze destacan por ese vértigo que los hizo tan conocidos en la década anterior.

Para promocionarlo, se grabaron excelentes videos de Knockin’ at your backdoor y Perfect strangers. El primero es en alucinante clave futurista, con instrumentos musicales desenterrados en un planeta tierra devastado por el desastre nuclear que, según entendidos, está cada vez más cerca. Y el segundo los muestra en plan relajado, compartiendo sus tradicionales partidos de fulbito, sonriéndose mutuamente en el estudio de grabación y sin dar señales del nuevo divorcio que se venía.

En posteriores ediciones del álbum se incluyó el instrumental Son of Alerik, en clave de blues, que apareció originalmente como Lado B del disco 45rpm de Perfect strangers. Esta misma formación de Deep Purple lanzó, tres años después, The house of blue light -que aportó dos éxitos más a su canon oficial, Call of the wild y Bad attitude-, su penúltima grabación en estudio hasta el quiebre definitivo que llegó en la gira del siguiente disco, The battle rages on (1993).

Concerto for group and orchestra (Harvest Records/Tetragrammaton Records, 1969)

Si me pidieran hacer una lista con fechas memorables en la historia del rock, el 24 de septiembre de 1969 estaría en una posición privilegiada. Esa noche se produjo un evento musical sin precedentes. Deep Purple con un espectáculo extremadamente arriesgado, vanguardista y novedoso. En tiempos en que el hippismo norteamericano y la resaca de la invasión británica dominaban las ondas radiales, el quinteto se presentó junto a la Royal Philharmonic Orchestra para estrenar una composición sinfónica de su tecladista y fundador, Jon Lord.

La estructura de la obra, titulada Concerto for group and orchestra -que apareció en video por primera vez en el año 2002-, está organizada en tres movimientos que integraban en vivo, de una manera nunca antes hecha, un ensamble sinfónico completo con un quinteto de rock, que funcionaba en esta oportunidad como el instrumento solista. Frank Zappa -quien años después sería también parte de la mitología Deep Purple como protagonista de Smoke on the water- lo había hecho previamente, en estudio, en sus álbumes Freak out! (1966) y Lumpy gravy (1967).

Tres meses después del recital llevado a cabo en el Royal Albert Hall de Londres, apareció este álbum, el primero en vivo de Deep Purple. Lord, pianista de formación clásica, acababa de cumplir 28 años cuando se decidió a estrenar su obra, compuesta entre sesión y sesión de los tres primeros álbumes de su banda -Shades of Deep Purple (1968), The book of Talyesin (1968) y Deep Purple (1969)- que desplegaban un sonido con fuertes influencias en el blues y el r’n’b, además algunas muy bien logradas versiones de temas ajenos como Hush (Joe South) o Kentucky woman (Neil Diamond).

Para el estreno de esta pieza, Deep Purple también estrenó a dos nuevos miembros, en lo que constituye la primera aparición grande en público de su formación más conocida. Meses después de la aparición al mercado del tercer álbum de la banda, el vocalista Rod Evans y el bajista Nick Simper fueron despedidos y reemplazados por Ian Gillan (voz) y Roger Glover (bajo), cuyos estilos y talentos calzaron a la perfección con las intenciones musicales de Lord y Blackmore, orientadas al virtuosismo.

Este recital fue la prueba de fuego para aquella conjunción de destrezas que asombraría al mundo de la música con su mezcla de rock, blues, psicodelia y texturas barrocas. La legendaria orquesta estuvo bajo la dirección del compositor británico Malcolm Arnold, quien escribió la Symphony No. 6, Op. 95, con la que se abrió el recital en el Royal Albert Hall.

Pioneros del rock en vivo con orquesta

El primer movimiento, Moderato-Allegro, se inicia con un crescendo de violines muy sutil que va evolucionando hasta convertirse en la línea central de la obra completa, con la banda interviniendo de manera intensa a la mitad del desarrollo melódico. El segundo movimiento, Andante, una balada épica, permite la total integración de grupo y orquesta, sobre la base de una melodía apacible con letras escritas por Ian Gillan, en su mejor momento vocal. Durante el movimiento final, Vivace-Presto, se luce la sección de percusión de la RPO. Timbales, tarolas y vibráfonos se entrecruzan con los cornos en un contrapunto de enorme fuerza, marco perfecto para el solo de batería de Ian Paice, uno de los momentos más notables de la obra.

En la última parte, orquesta y quinteto de rock se unen en final apoteósico, como si se tratara de un organismo único y no dos componentes por separado. En el disco se incluyen tempranas versiones en vivo de Wring that neck, Hush y Child in time. Este concierto demarcó la ruta para innumerables bandas de rock que se unieron a orquestas para espectáculos similares en décadas posteriores -los famosos discos “sinfónicos” como el de Metallica (S&M, 1999) o Kiss (Alive IV, 2003)-, aunque no todos con el mismo nivel de calidad y credibilidad que en su momento consiguió el fabuloso quinteto británico.

12 de agosto del 2026: El día histórico

“Para mí es un absoluto placer tener aquí en el escenario al fundador, al legendario, al inmortal… ¡Ritchie Blackmore! Muchas gracias, amigo, nos vemos en el bar…” dijo, visiblemente emocionado por lo que acababa de pasar, Ian Gillan cuando los últimos acordes de Smoke on the water dieron paso al rugido del público presente en el Jones Beach Amphitheater neoyorquino. “Hace un par de días -comenzó- recibí un mensaje de un vecino de esta zona: estoy viviendo a la vuelta de la esquina ¿estaría bien si subo a tocar con ustedes?”

Roger Glover e Ian Paice estaban al lado, sonrientes, mientras Ritchie, el hombre que en 1974 estuvo a punto de quemar el escenario en el festival California Jam solo porque no los pusieron al final del cartel, le preguntaba a su compinche de toda una vida: “¿Cómo es que ahora eres mucho más alto que yo?” Gillan, con la confianza que los ha unido durante décadas, respondió: “Todo da vueltas, hermano. Te estás encogiendo”. Fue como el reencuentro de viejos amigos de promoción. Las caras, el lenguaje corporal de los cuatro, reflejan una atmósfera de camaradería, de profunda amistad. Más lejos, Don Airey (teclados) y Simon McBride (guitarra) contemplan la escena, conscientes de que están siendo testigos de un momento histórico.

Ritchie Blackmore ha pasado a la posteridad no solo como inspiración de otros geniales intérpretes de la guitarra eléctrica como Eddie Van Halen, Yngwie Malmsteen o Steve Vai, sino también como una de las personalidades más díscolas e intratables del mundo de la música popular. Por eso, fue conmovedor verlo amable y hasta humilde, conversando con sus amigos de siempre y tocando una de las canciones que ayudó a definir el rock como expresión artística del siglo XX.

[OPINIÓN] Comencemos por lo primero: no le creo a la encuesta de Datum. Hace tiempo aprendí que las encuestas son fotografías que dependen de quién toma la foto y a quién decide enfocar.

Pero supongamos que tiene razón. Supongamos que López Aliaga encabeza hoy la intención de voto con 16%. Entonces el problema no es Datum. El problema somos nosotros.

Porque antes de hablar de obras a medias, trenes inservibles o demandas millonarias, hay un hecho más simple: López Aliaga es un coleccionista de renuncias. Ganó la Alcaldía de Lima y, faltando a su palabra, la abandonó a medio camino para ir tras la presidencia. Perdió, pero sus fervientes seguidores lo premiaron con un escaño de senador al que, siguiendo su costumbre, renunció antes de jurar. Ahora quiere la alcaldía otra vez, tras tratar a cuestionadores, jueces, periodistas y empresarios con la agresividad que ya le conocemos. Ese es el patrón completo: gana, promete, insulta a quien lo cuestiona, y se va… para regresar.

Como la Constitución le prohíbe la reelección inmediata, encontró el truco: inscribirse como primer regidor. Los abogados podrán explicarlo en tres horas. A mí me toma tres segundos: es una trampa. Una maniobra indecente para entrar por la ventana donde la Constitución le cerró la puerta.

Y aun así, 16 de cada 100 limeños ya piensan dárselo otra vez. Hay una larga lista de mejores opciones —Bruce, Allison, Daza, Tejada—: nadie está obligado a votar de nuevo por quien ya le falló.

Y aquí ya no hay solo un problema político. Hay algo más incómodo de decir: Lima, francamente, quedó hecha un desastre: tráfico infernal, inseguridad, desorden, cuentas por pagar y demandas millonarias en una Municipalidad cuya verdadera herencia recién conoceremos.

Negar eso no es discutir política: es negar la evidencia. Y solo puede explicarse por debilidad cognitiva, o por una lealtad que ya dejó de distinguir entre los hechos y la fe.

Si esto ocurre, y Porky sale elegido —Dios no quiera—, no busquemos explicaciones en el JNE, en la Constitución ni en los vacíos legales. La explicación estará completa en ese 16% —y en todo lo que sume después— construido con incautos, ignorantes e idiotas dispuestos a premiar, otra vez, a un coleccionista de renuncias, fracasos y mentiras. Y Lima no heredará el alcalde que necesita: heredará el que sus votantes deciden merecer.

[El dedo en la llaga] Hay políticos que gobiernan en nombre de una Constitución, otros en nombre de una ideología y otros que, con bastante más ambición, parecen querer gobernar en nombre de Dios. Donald Trump, presidente de Estados Unidos; José Antonio Kast, presidente de Chile; Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia; y Keiko Fujimori, presidenta del Perú, pertenecen, con matices muy diferentes, a esta última categoría. Los cuatro han encontrado en Dios, la familia, la vida y los «valores cristianos» elementos particularmente eficaces de su discurso político. ¿Se trata de convicciones religiosas auténticas que simplemente trasladan a la esfera pública? Es posible. ¿O estamos ante una forma particularmente rentable de convertir la religión en capital electoral? La pregunta no es impertinente. Y resulta especialmente pertinente cuando el nombre de Dios empieza a aparecer con demasiada frecuencia allí donde se disputan votos, poder e influencia. Conviene recordar, por tanto, algo bastante elemental: Dios no es candidato, el Evangelio no es programa electoral y Jesucristo no necesita un partido político que lo represente.

No sabemos qué tan sincera es la fe de cada uno. Trump puede creer sinceramente en Dios; Kast puede ser un católico convencido; De la Espriella puede haber vivido una auténtica conversión; Keiko Fujimori puede profesar sinceramente sus convicciones religiosas. Nada de eso resulta incompatible con la posibilidad de que la religión sea utilizada políticamente. La sinceridad personal no constituye un certificado de inocencia política. Un político puede rezar sinceramente y, al mismo tiempo, descubrir que rezar ante una cámara resulta electoralmente conveniente; puede creer en Dios y, sin embargo, presentar sus propias decisiones como si tuvieran una legitimidad superior por proceder de sus convicciones religiosas; puede defender la familia y convertir, de paso, su particular definición política de la familia en una frontera entre los buenos y los malos. El problema, por tanto, no es que estos políticos crean en Dios. El problema aparece cuando Dios comienza a funcionar como aval de sus proyectos políticos. Y ahí conviene empezar a sospechar.

Trump: Dios bendiga al presidente

Donald Trump constituye el ejemplo más espectacular. El hombre que convirtió su nombre en una marca, que hizo del ego una plataforma política y de la confrontación una forma de liderazgo terminó siendo considerado por una parte importante del evangelicalismo conservador estadounidense como una especie de instrumento providencial para salvar a Estados Unidos. La paradoja resulta difícil de ignorar: sectores cristianos que predican humildad, dominio de sí, verdad, misericordia y amor al enemigo encontraron en Trump al político más adecuado para defender el cristianismo.

Quizá la explicación sea menos teológica de lo que parece. Trump no necesita parecerse demasiado a Cristo; basta con que combata con eficacia a quienes sus seguidores consideran enemigos de Cristo. Aborto, inmigración, derechos LGBT, secularización, educación, identidad nacional y libertad religiosa se convierten en trincheras de una guerra cultural en la que el carácter del candidato parece importar menos que su utilidad. Si derrota al enemigo correcto, algunas de sus contradicciones pueden ser toleradas. Si protege las causas correctas, determinadas conductas que en otro contexto serían consideradas moralmente problemáticas adquieren una sorprendente elasticidad.

La operación es bastante ingeniosa: la imperfección moral del líder deja de ser un inconveniente y puede convertirse incluso en prueba de que Dios lo está utilizando. Trump no es un santo, reconocen sus defensores; precisamente por eso Dios puede servirse de él. El argumento tiene un precedente bíblico: Dios, ciertamente, se sirve de pecadores. Lo que suele omitirse es que también los juzga. David fue elegido y, sin embargo, el profeta Natán tuvo que señalarlo. Su elección no lo hizo inmune al juicio moral; lo hizo más responsable.

El problema aparece cuando se invierte la relación entre fe y poder: el Evangelio deja de ser el criterio con el que se juzga al gobernante y el gobernante empieza a convertirse en el criterio con el que se selecciona qué parte del Evangelio resulta conveniente. Si miente, hay una explicación; si insulta, es que es fuerte; si humilla, es que combate; si desprecia al adversario, es que no se deja intimidar. La virtud cristiana parece reducirse entonces a una virtud bastante menos evangélica: ganar. Jesús, en cambio, habló de los pobres, los misericordiosos y los que trabajan por la paz; mandó amar al enemigo y lavó los pies de sus discípulos. No parece sencillo encontrar en esa pedagogía del servicio una justificación para convertir al adversario político en enemigo moral.

Kast: Dios, patria, familia y la santificación política

José Antonio Kast, presidente de Chile, presenta un caso menos estridente. Su catolicismo forma parte de su trayectoria y él mismo ha afirmado: «Primero soy católico, después soy político». La frase parece impecable. Precisamente por eso conviene tomarla en serio. Si primero es católico y después político, habrá que preguntarse qué significa ser católico cuando se ejerce el poder sobre una sociedad plural en la que no todos comparten sus convicciones.

Kast ha hablado reiteradamente de Dios, patria, familia, vida y valores cristianos. En 2017 llegó a afirmar ante representantes evangélicos que a Chile «le hace falta Dios». La frase suena piadosa, pero plantea una pregunta incómoda: ¿qué significa exactamente que a un país le «falte Dios»? ¿Que se seculariza? ¿Que modifica determinadas leyes? ¿Que reconoce derechos que algunos cristianos rechazan? ¿O que sus ciudadanos dejan de vivir de acuerdo con el Evangelio? Porque quizá a Chile no le falte Dios. Quizá le falte algo bastante menos solemne y mucho más difícil: cristianos dispuestos a aplicar el Evangelio también cuando deja de resultar políticamente rentable.

Es relativamente sencillo convertir la religión en un inventario de prohibiciones sexuales y familiares. Mucho más complicado es llevar las palabras de Jesús al ejercicio cotidiano del poder: recordar que el extranjero también es prójimo, que el pobre no es una estadística, que el adversario político no es un enemigo moral y que el gobernante tampoco está por encima de aquellos a quienes gobierna.

La cuestión no es si Kast puede defender la vida. Naturalmente que puede. La cuestión es si esa defensa puede reducirse casi exclusivamente a la protección del niño no nacido. Para el cristianismo, la dignidad de la vida humana continúa después del nacimiento y alcanza al pobre, al enfermo, al anciano, al migrante, al preso y a todo ser humano vulnerable. Defender la vida antes de nacer es una exigencia cristiana; convertir esa defensa en sustituto de la preocupación por la vida de quienes ya han nacido es reducir considerablemente el alcance del mensaje cristiano.

Si Kast quiere gobernar como católico, tendrá que aceptar una de las partes menos cómodas del catolicismo: la fe no solo permite juzgar a los adversarios; también obliga a dejarse juzgar por esa misma fe.

De la Espriella: cuando Dios llega a la Casa de Nariño

Abelardo de la Espriella, presidente de Colombia, ofrece un caso todavía más llamativo: una identidad política fuertemente acompañada de referencias religiosas. Su experiencia de fe puede ser completamente auténtica. Pero conviene desconfiar de una inferencia bastante habitual: que una conversión religiosa sincera convierte automáticamente en cristianas las posiciones políticas posteriores.

De la Espriella ha pronunciado una frase que resume el problema: «Hay que poner a Dios en el centro de cada decisión». Difícilmente podría sonar más piadosa. Pero precisamente por eso cabe formular la pregunta que suele quedar convenientemente escondida: ¿quién determina cuál es la decisión que Dios quiere? ¿El Evangelio? ¿La Iglesia? ¿La conciencia? ¿La Constitución? ¿O el propio gobernante? Porque si un presidente puede presentar sus decisiones políticas como expresión de la voluntad divina, sus adversarios quedan en una posición bastante incómoda: ya no estarían simplemente discrepando con el presidente, sino —al menos retóricamente— con Dios.

Colombia es un Estado laico. Eso no significa expulsar a Dios de la sociedad ni pedirle al creyente que deje su fe en la puerta del palacio presidencial. Significa algo bastante más sencillo: que el Estado no pertenece a ninguna religión. Un presidente puede rezar, asistir a misa y pedir la bendición de Dios. Lo que resulta mucho más discutible es convertir sus convicciones religiosas en una especie de Constitución paralela.

Y aquí aparece otra cuestión incómoda. ¿Por qué el discurso sobre los «valores cristianos» encuentra tanta facilidad para hablar de familia, aborto, sexualidad, género, orden y autoridad, y tanta dificultad para mantener la misma intensidad cuando aparecen pobres, migrantes, presos, enfermos, ancianos abandonados o víctimas de la violencia? El Evangelio, por cierto, no parece compartir esa distribución de prioridades. Tal vez porque la guerra cultural produce bastante más rédito electoral que la misericordia.

Keiko Fujimori: Dios, familia y votos

Keiko Fujimori, presidenta del Perú, representa la dimensión más abiertamente electoral de esta relación entre religión y política. El vínculo del fujimorismo con sectores evangélicos conservadores viene de lejos, pero durante sus campañas se hizo particularmente visible mediante compromisos políticos relacionados con el aborto, la unión civil, la adopción por parejas del mismo sexo y la defensa de la familia tradicional.

El mecanismo tampoco tiene demasiado misterio: el candidato promete defender aquello que determinados grupos religiosos consideran «valores cristianos»; dirigentes religiosos movilizan a sus comunidades; el político obtiene votos y las organizaciones religiosas consiguen influencia. ¿Todos ganan? Quizá. Pero hay algo que puede perderse en el intercambio: la independencia de la religión frente al poder. Cuando una comunidad religiosa necesita al político para defender la fe y el político necesita a la comunidad religiosa para ganar elecciones, la frontera entre convicción religiosa y conveniencia política empieza a volverse sospechosamente borrosa.

Keiko puede defender la familia y puede oponerse al aborto. Nada hay intrínsecamente incompatible entre esas posiciones y el cristianismo. Pero si quiere presentarse como representante de los valores cristianos tendrá que aceptar que el cristianismo tiene la incómoda costumbre de preguntar también por la verdad, la corrupción, la justicia, los pobres, la dignidad humana, el abuso del poder y el trato al adversario. No existe un cristianismo a la carta que permita defender la familia mientras se relativiza la verdad, defender la vida mientras se desprecia al débil o hablar de Dios mientras se justifica cualquier abuso del poder en nombre de una causa superior.

Cuatro presidentes y la misma tentación

Trump en Estados Unidos, Kast en Chile, De la Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú representan, con todas sus diferencias, una tentación bastante antigua: poner a Dios al servicio de la política en lugar de poner la política bajo el juicio de Dios. No hace falta atribuirles una conspiración ni cuestionar la sinceridad de su fe para advertir el problema. Basta observar qué ocurre cuando la religión se convierte en una fuente de legitimidad política y cuando determinadas posiciones partidarias empiezan a presentarse como si fueran la consecuencia natural de la fe cristiana.

Trump convierte la religión en combustible de una guerra cultural; Kast corre el riesgo de convertir su identidad católica en una identidad política; De la Espriella sitúa a Dios en el centro de sus decisiones hasta dejar abierta la pregunta sobre quién interpreta esa voluntad divina; y el fujimorismo muestra cómo la alianza entre religión conservadora y política electoral puede convertirse en una eficaz maquinaria de movilización.

Los cuatro pueden ser creyentes sinceros. Y los cuatro pueden, al mismo tiempo, beneficiarse políticamente de esa identificación entre religión y proyecto político. La contradicción no está en creer y hacer política. Está en invocar a Cristo para legitimar un ejercicio del poder que puede tener muy poco de cristiano.

Por eso, cuando un político promete defender los «valores cristianos», la pregunta realmente interesante no es cuánto habla de Dios, sino qué queda del Evangelio cuando desaparece la retórica religiosa. ¿Quedan misericordia, verdad, justicia, humildad, preocupación por los pobres, respeto por el adversario y capacidad de reconocer los propios errores? Si no quedan, quizá no estemos ante una política inspirada por el cristianismo, sino ante algo bastante más prosaico: una ideología política que ha descubierto que el lenguaje religioso también puede ser electoralmente rentable.

El peligro comienza cuando el creyente deja de preguntarse si el político actúa cristianamente y empieza a pensar que, por presentarse como cristiano, todo lo que hace debe ser defendido. Entonces la fe deja de juzgar al poder y el poder empieza a utilizar la fe para juzgar a sus enemigos. El gobernante adquiere una especie de inmunidad religiosa: cuestionarlo parece atacar a Dios; derrotarlo, traicionar los valores de la fe.

El Jesús de los Evangelios no construyó su movimiento alrededor de enemigos culturales, no prometió restaurar una grandeza nacional perdida ni enseñó a sus discípulos a conquistar el Estado. Les enseñó a servir, a perdonar, a amar al enemigo y a reconocer al extranjero como prójimo. Y en el capítulo 25 del Evangelio de Mateo dejó un criterio particularmente incómodo para cualquier gobernante: el juicio sobre la manera en que se trató al hambriento, al sediento, al extranjero, al desnudo, al enfermo y al preso.

En cambio, cuando la fe sirve para que el poderoso parezca moralmente intocable, ya no estamos ante una defensa del cristianismo. Estamos ante su instrumentalización.

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[Música Maestro] Qué sana envidia produce revisar la agenda artística de otros países. Mientras aquí vemos cómo la oficialidad mantiene una postura de desprecio por todo lo que se presuma cultural o educativo -las amenazas a un museo fundado para conservar la memoria colectiva, el uso del Gran Teatro Nacional para una celebración política egocéntrica, el arbitrario cambio de ubicación de la Feria del Libro-, en el Royal Albert Hall de Londres comenzaron, el pasado 17 de julio, los BBC Proms, ocho semanas de conciertos sinfónicos, una tradición que existe desde hace más de cien años y que congrega a públicos de todas las edades y presupuestos.

La programación de recitales está mayormente orientada a la música orquestal -clásica, vanguardista, contemporánea-, aunque en años recientes ha abierto las puertas a expresiones más populares, incorporando géneros como el jazz, las bandas sonoras de películas e incluso ciertos guiños al pop, manteniendo siempre el enfoque en la ejecución de arreglos sinfónicos de todo tipo de obras. Desde 1895, este festival ha concitado la atención de los amantes de la música académica y al público en general por su diversidad y constante modernización, sin dejar de lado las tradiciones que con el tiempo fueron formándose gracias a la visión de Sir Henry Wood, cuyo busto adorna la icónica sala londinense en cada edición desde 1945, el año siguiente a su fallecimiento.

Mientras que la Primera Noche de los Proms estuvo dentro de lo que todos esperaban, con la joven directora Dalia Stasevska (41), ucraniana de nacimiento que vive en Finlandia desde los cinco años, conduciendo a la Orquesta Sinfónica de la BBC a través de un programa que incluyó piezas de Ravel, Copland y Gershwin, la segunda noche, la del 18 de julio, fue una agradable sorpresa con un recital denominado Proms 2026 Prog-Rock: A fanfare for the common man, una selección de clásicos del rock progresivo en versiones sinfónicas.

¿Por qué es tan importante el prog-rock?

Uno de los países de la vieja Europa que más contribuciones positivas ha hecho a la cultura popular es Inglaterra. Todos sabemos que, en la antigüedad, el Imperio Británico fue uno de los que más daño ha infligido a continentes enteros como colonizadores, piratas y esclavistas, pero -como ocurre también con los Estados Unidos-, en lo tocante a producción artística, especialmente desde la segunda mitad del siglo XIX en adelante, los ingleses han sido fuente prolífica de maravillas literarias, arquitectónicas, plásticas, cinematográficas y musicales.

El rock progresivo encaja en esta última categoría. Se trata de un movimiento iniciado por jóvenes compositores e intérpretes que, sobre la base de su creatividad y destreza, sumados a su rebeldía natural y el deseo de llevar al rock un paso más adelante, lo comenzaron a combinar con sonidos de otras épocas -música orquestal, folklore ancestral-, otras latitudes -blues y jazz norteamericano, tonalidades africanas y medio orientales- y estilos contemporáneos como la psicodelia sesentera y el posterior desarrollo, en la década siguiente, de la tecnología de los sintetizadores que revolucionó la música popular a ambos lados del Atlántico.

El prog-rock -o “progre” como le decíamos en castellano los aspirantes a melómanos de los años ochenta, cuatro décadas antes de que la partícula adquiriera el sentido politiquero que tiene hoy- nació en Inglaterra y se propagó no solo al resto de sus países vecinos sino también a Estados Unidos, Canadá, Turquía, Australia, Japón y Sudamérica, con bandas que hicieron del virtuosismo instrumental su principal carta de presentación. Esas ramificaciones comenzaron a aparecer casi de inmediato, en tiempos en que no existían redes sociales ni capacidad de enterarse en tiempo real de qué pasaba ni siquiera a la vuelta de la esquina, a partir de la difusión radial, la venta de discos y las giras que hacían sus principales exponentes.

Un género vigente y contracultural

El rock progresivo nació, evolucionó y decayó en un periodo de diez años, la década comprendida entre 1966 y 1976. En ese tiempo aparecieron todas las bandas fundamentales del género. Con la irrupción del punk -otro producto cultural británico-, sus sonidos, otrora considerados desafiantes, comenzaron a percibirse obsoletos y pomposos. Mientras tanto, las fantasías y reflexiones de sus letras, entre lo filosófico y lo onírico, alegóricas y arcanas, fueron arrasadas por las frases más directas de las nuevas olas.

Sin embargo, el prog-rock no desapareció nunca. Muchos de sus principales exponentes intentaron adaptarse, ya sea respetando sus nombres originales o reinventándose a través de supergrupos, nuevas formaciones o carreras solistas, con resultados desiguales, mientras que otros optaron por cambiar totalmente de rubro, como por ejemplo el guitarrista Steve Hillage (Gong, Mike Oldfield) o Peter Gabriel (Genesis), quienes incursionaron en la música electrónica, el pop-rock sofisticado y/o la world music.

Para cuando acabaron los ochenta, nombres como Marillion, Saga o Asia sostuvieron el estilo con estéticas sonoras cercanas al arena-rock de esa década, mientras que las viejas glorias iban regresando poco a poco como atracción nostálgica para sus públicos, ya adultos con ingresos propios y responsabilidades familiares, ansiosos de reconectarse con sus juventudes.

A partir de los noventa, el rock progresivo experimentó otras mutaciones y de una u otra forma se mantuvo vigente, aunque ya no como el fenómeno masivo que llegó a ser en su momento de mayor auge, cuando cada lanzamiento era esperado con enorme expectativa y las noticias de grupos que aparecían o se separaban eran titulares y portadas de las principales revistas especializadas -NME, Melody Maker, Rolling Stone- e incluso de la prensa convencional.

En el siglo XXI, ir a un concierto de Yes o de King Crimson, dos de las entidades del prog-rock inglés que aun siguen activas, a pesar de los cambios y fallecimientos de varios de sus integrantes originales, califica como un evento contracultural de alto nivel, que desafía a los facilismos de la escena pop-rock moderna. Por otro lado, músicos jóvenes aun cultivan el rock progresivo en todo el mundo, llevando sus posibilidades a nuevas y excitantes alturas, ya sea reciclando fórmulas del pasado o proponiendo innovadoras alternativas para hacer rock complejo con todos lo aprendido de los grandes maestros del género.

Proms 2026 Prog-Rock: A fanfare for the common man

“Celebremos juntos esta música 100% británica que encendió los estadios y las habitaciones de muchos jóvenes con envolventes melodías, mágicas letras y sonidos que tenían de rock, de jazz y de música clásica” dijo Stuart Maconie, conocido DJ y presentador de la BBC a cargo de la conducción del programa. Ante un Royal Albert Hall al tope, el director y arreglista Robert Ames (41) se colocó frente a los cien integrantes de la BBC Symphony Orchestra, batuta en mano, para hacer un recorrido por algunas de las partituras más notables del rock progresivo.

El repertorio intentó ser lo más variado posible, con la intención de cubrir el amplio rango de opciones que ofrece el género. Por otro lado, no les fue muy bien con la selección de cantantes. Sin embargo, la aparición de dos legendarios protagonistas de su época dorada y las interpretaciones impecables del ensamble sinfónico, hicieron de esta segunda noche de los Proms una gala inolvidable para quienes estuvieron allí presentes. Como es ya una tradición, cada recital de los Proms agota sus localidades con mucha anticipación, pero nadie se queda sin verlo pues son transmitidos y retransmitidos por la BBC en horarios estelares.

Los pesos pesados del prog-rock

El concierto comenzó y terminó con la banda más representativa del cruce entre rock y música clásica, Emerson, Lake & Palmer. Su vertiginosa versión de Fanfare for the common man (Works Vol. 1, 1977), obra de 1942 del compositor norteamericano Aaron Copland (1900-1990) -que, coincidentemente, abrió los Proms una noche antes- fue el inicio perfecto con sus brillantes metales y la batería de Carl Palmer, el único integrante que queda -Emerson y Lake fallecieron ambos en el 2016- quien, desde el fondo, impulsó los motores de la orquesta con una vitalidad envidiable para sus 76 años.

Para el final, Palmer volvió a la sección rítmica, esta vez para The Great Gates of Kyev, uno de los movimientos de la suite decimonónica del ruso Modest Mussorgsky (1839-1881), Pictures at an exhibition, que el trío recreó en 1972. En el medio, un fragmento de uno de los temas de su quinto LP, Brain salad surgery (1973), Karn evil 9: First impression part 3 con la voz de Greg Lake recuperada de la grabación original, convirtió a los ELP en el grupo más representado en esta selección de clásicos del prog-rock.

La mágica And you and I de Yes (Close to the edge, 1973) fue cantada por The Staves, dúo de folk-rock integrado por las hermanas Jessica y Camilla Staveley-Taylor; mientras que el legado discográfico de Genesis fue visitado en dos ocasiones, la primera con I know what I like (In your wardrobe), del álbum Selling England by the pound (1973), y luego con la etérea Entangled del extraordinario A trick of the tail (1976), que marcó el estreno de Phil Collins como cantante tras la renuncia de Peter Gabriel. Aunque el desempeño vocal de Guy Garvey no fue del todo satisfactorio, en ambos casos la excelencia de la instrumentación salvó el momento.

Casi al final, The great gig in the sky, una de las piezas de The dark side of the moon, brilló en la interpretación vocal de Vanessa Haynes y el ensamble se lució con este memorable tema de Pink Floyd. Previamente, Guy Garvey, Gruff Rhys -líder de los noventeros Super Furry Animals- y, nuevamente, The Staves, se unieron para un “mash-up” del disco In the court of the Crimson King (King Crimson, 1969), en que destacó, por su aura espectral, I talk to the wind.

Y Crime of the century, tema-título del tercer álbum de Supertramp (1974), recibió un tratamiento sinfónico que hizo total justicia al quinteto que adecentó el pop-rock radial con temas como Goodbye stranger, The logical song o Breakfast in America (las tres de 1979), con bases de prog-rock en las que se iniciaron a comienzos de los setenta.

Los “deep cuts” para conocedores

En la prensa cultural especializada en inglés, el término “deep cut” -traducción literal: “corte profundo”- sirve para denominar a aquellos representantes rebuscados de una manifestación artística, sea una melodía, una película, una corriente literaria o un grupo musical. Si se trata de un artista con muchas canciones conocidas, los “deep cuts” vendrían a ser aquellos temas que no sonaron en las radios. Para dar un ejemplo sencillo: si las dos más conocidas de Queen son Bohemian rhapsody (A night at the opera, 1975) y I want to break free (The works, 1984), entonces Ogre battle (Queen II, 1974) y My melancholy blues (News of the world, 1977) serían dos “deep cuts”. O, como diríamos nosotros, dos “caletas”.

En Prog: A fanfare for the common man, hubo también espacio para varios “deep cuts”. Uno de los más notables fue On reflection (Gentle Giant, álbum Free hand de 1975), canción que en su primera parte parece un madrigal medieval -o una cantata de Les Luthiers- para luego convertirse en un potente ataque rockero. The Incredible String Band, combo escocés de folk-rock que estuvo presente en Woodstock 1969, fue incluido con Maker of islands, de su último álbum oficial, Hard rope & silken twine (1974). Y el mismísimo Peter Hammill (78), vocalista y líder de Van der Graaf Generator, tomó el micrófono para Refugees, del segundo LP de esta icónica banda de Manchester, The least we can do is wave to each other (1970).

Uno de los puntos más conmovedores y, a la vez, desilusionantes del recital fue cuando la orquesta sinfónica de la BBC acometió la emblemática Tubular bells (1973), del álbum debut epónimo de Mike Oldfield, el primer LP que fabricó el sello Virgin Records del empresario Richard Branson, cuya primera sección se popularizó al ser usada como banda sonora del film de terror El exorcista.

Fue conmovedor porque los arreglos sonaron simplemente perfectos y desilusionante porque comprimieron la suite, de casi cincuenta minutos, a menos de ocho, dejándonos a todos con la miel en los labios. Por su parte, la cantante Jane Weaver decepcionó notoriamente con sus flojas interpretaciones de Northern lights de Renaissance (A song for all seasons, 1978) y Nights in white satin de The Moody Blues (Days of future passed, 1967).

Prog-rock y jazz, estilos hermanos

Aunque califica como otro “deep cut” de la etapa iniciática del prog-rock, la inclusión de Out-bloody rageous -también extremadamente resumida- del tercer disco de Soft Machine (Third, 1974) nos sirve como ejemplo de lo que fue el maridaje entre el jazz y el progresivo, a partir de los vuelos creativos de geniales instrumentistas como Mike Ratledge, Robert Wyatt y Elton Dean, el saxofonista en la grabación original de este grupo representativo de la llamada “Escena de Canterbury”. Para la versión en los Proms, las frenéticas improvisaciones de saxo fueron de Andy Findon, uno de los músicos de sesión más conocidos de Inglaterra.

Como para dejar clara la influencia del prog-rock británico en otros países, el programa incluyó tres temas de artistas foráneos. Sylvia, de los holandeses Focus (Focus 3, 1972), con ese sonido medio barroco dominado por las flautas y teclados del excéntrico Thijs Van Leer, comenzó el segmento internacional. Luego, fue el turno de Peaches en regalia del álbum Hot rats (1969), del compositor y guitarrista norteamericano Frank Zappa que, en su versión original presenta extraordinarias líneas de teclados/vientos y bajo, a cargo de Ian Underwood y Shuggie Otis, respectivamente. Una de las mejores de la noche.

La verdadera sorpresa vino con Komfo (High priest), rítmico y percusivo tema de un grupo muy bueno, que ha sido injustamente olvidado por quienes solemos dedicarnos al comentario musical. Me refiero al combo de afro-beat y jazz-fusion Osibisa, conformado por siete músicos de Ghana, Nigeria y Trinidad y Tobago expatriados a inicios de los setenta en Londres. Aunque la canción escogida, de su sexto LP Osibirock (1974), no es una de las más emblemáticas de su amplio catálogo, fue realmente refrescante oírla en este arreglo sinfónico tan especial.

A todo esto… ¿Qué son los Proms?

Hace exactamente diez años, los Proms, contracción del término “Promenade” que significa “paseo”, usado a fines del siglo XIX para denominar a los conciertos que se hacían en los jardines del Salón de la Reina -destruido durante los bombardeos que padeció la capital inglesa en la Segunda Guerra Mundial- fueron noticia en nuestro país, debido a que Juan Diego Flórez participó en la Última Noche de los Proms, a mediados de septiembre del 2016, invitado para entonar una de las melodías tradicionales del recital. Y lo hizo de una forma muy especial.

Flórez, una de las personalidades más importantes de la ópera actual, apareció vestido de Inca, con gesto adusto y sarcástico, levantando una ceja mientras veía cómo el público se postraba ante su majestad para cantar con él Rule Britannia! un cántico patriótico y representativo de la armada naval, escrito en 1740 por el poeta James Thomson y el compositor Thomas Arne, que todos los años cierra la programación de los Proms. La imagen de Flórez, su colorida mascaypacha y dorados accesorios de nuestra cultura prehispánica dio la vuelta al mundo.

Los Proms se llevan a cabo en el Royal Albert Hall desde el año 1944 y son motivo de orgullo e identidad para el público de Inglaterra. En cada una de las galas de la Última Noche de los Proms, el magnífico recinto se convierte en una fiesta en la que participan familias enteras que van preparadas con pequeñas banderas Union Jack, sombreros y distintivos para ese momento en que se unen para escuchar composiciones nacionalistas como la mencionada Rule Britannia! o las conocidas marchas Pomp and circumstance de Edward Elgar (1857-1934). Así como Juan Diego Flórez, cientos de destacados artistas han dejado su nombre en la historia de los Proms, una fiesta de patriotismo, música y sana diversión que existe desde hace más de 130 años.

En la edición del 2026, los Proms también rendirán homenaje a dos rutilantes estrellas del jazz norteamericano, Miles Davis y John Coltrane, en el centenario de sus nacimientos.

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